lunes, 17 de febrero de 2014

Capítulo XXXVI

¿Por qué narices habría confiado en Daniel? No era la primera vez que me decepcionaba… Joder, era un imbécil. Me sentí tonta por confiar en él.
Decidí que en vez de insultarle tanto, tendría que pensar en cómo salir de aquí. Sería más útil.
Recorrí la casa en busca de puertas o ventanas fáciles de usar para salir, pero nada. Las ventanas del piso de abajo tenían todas barrotes y las del piso de arriba no podría usarlas, pues no había ningún asidero para bajar hasta el suelo desde ahí.
Recorrí la casa de arriba abajo tres veces. No sabía qué hacer. Tenía que encontrar la forma de salir de aquí.
Fui de nuevo hasta la puerta de entrada y probé a abrirla. Seguía cerrada a cal y canto. Miré el reloj de la cocina con el ceño fruncido. Ya eran menos cuarto pasadas.
Empecé a rebuscar por todos los cajones de los muebles de la entrada. No encontré ninguna llave.
Fui por todo el salón echando una ojeada por encima. Tenían que tener una copia de la llave por algún sitio, ¿no? Tenía que encontrarla.
Eran menos diez pasadas cuando me di por vencida. Me quedé parada frente a la puerta mirándola fijamente. Entonces di con la solución.
Cogí aire y cerré los ojos un momento. Me concentré. Cuando abrí los ojos, miré fijamente la puerta. Deseé que se abriera con todas mis fuerzas. La visualicé abierta. Visualicé cómo se corría el cerrojo y se giraba la cerradura. Me visualicé saliendo por ella. Cerré los ojos mientras me lo imaginaba. Oí un clac y volví a abrirles. La puerta estaba abierta.
Esbocé una sonrisa de satisfacción y salí afuera. Ya era noche cerrada.
Eché a correr hacia la casa abandonada. Tenía que llegar a tiempo. No me quedaba otra. Iba a toda velocidad, estuve a punto de caerme varias veces. Estaba sin aliento. Me crucé con cuatro personas, y con un grupo de niños de 8 años o por ahí. No me paré a ver quiénes eran. Subí por la cuesta a toda velocidad. Cuando llegué arriba del todo, cogí el callejón que llevaba  a la plazoleta y me detuve. No tenía ni idea de qué hora era, pero confiaba en que no fuese tarde. Anduve hasta la puerta de la casa y me detuve ahí. Agarré el picaporte y comencé a girarlo. Entonces alguien me agarró por detrás.
-¡Miriam!
Lo que faltaba. Daniel.
-¡¿Qué quieres ahora?! ¿No crees que ya has hecho bastante?
-Miriam, yo… Lo siento. Pero no podía dejar que vinieses. Tienes que irte. Es demasiado peligroso.
-Me dijiste que me ayudarías.- Le fulminé con la mirada.
-No voy a ayudar a que te suicides. Solo te lo dije para impedir que te fueras. Si te decía que no te iba a ayudar, irías a otro sitio a esconderte, y al final vendrías aquí. Miriam, yo no puedo dejar que te pase nada. Yo… Te quiero.
Un montón de pensamientos se mezclaron en mi cabeza. Al final desvié la mirada. Sin mirarle si quiera, abrí la puerta. Después me volví hacia él.
-¿Sabes qué? Tenías razón. Nosotros no podemos ser amigos. Ni amigos, ni nada. Olvídame.
Antes de llegar a ver su expresión, me di la vuelta y subí  corriendo las escaleras. No miré atrás. No quería ver su cara. Estaba enfadada con él. ¿Cómo se atrevía a decirme eso después de lo que había pasado entre nosotros?
Busqué por todas las habitaciones. No vi a nadie. Pasé también por la habitación en la que estuve encerrada. Estaba totalmente vacía. ¿Y si ya se habían ido? ¿Y si ya era demasiado tarde?
No podía ser, ¿no? Esto también era importante para Axel. Su objetivo desde el principio era que yo le entregase mi voluntad. No se iría tan pronto. Esperaría un rato antes de irse, ¿no?
Tenía los nervios a flor de piel. No podía más. Estaba muy preocupada. ¿Y si ya era demasiado tarde para Jake?
Subí a la terraza, ya sin esperanzas. La había cagado. Había metido la pata hasta el fondo.
Cuando salí afuera, la luna llena brillaba en el cielo. El cielo estaba lleno de estrellas.
-Vaya, vaya. Al final has venido.
Me di la vuelta sorprendida. Era Axel.
·   ·   ·
Mientras tanto, Marcos seguía con Julia en su casa.
-Qué mono eres.- Sonrió ella besándole en los labios. Tenía las manos metidas en la parte delantera de sus pantalones.
-Tú más. Eres preciosa.
Ella soltó una risa tonta. Estaban tumbados en el sofá, ella debajo y Marcos encima suyo. Entonces, él se levantó, ganándose una mirada de reproche.
-¡Eh!
-Julia… No debería estar haciendo esto.
-¿Y eso por qué?
-No está… Bien.
-Es por la zorra esa, ¿no? Por Miriam.
-Sí es por Miriam. Pero no es ninguna zorra.
-¿Ah no? Nada más irte tú, se tira a tu amiguito Daniel. Cuando vuelves, vuelve contigo. Después deja que os peguéis. Y después os pasáis echando polvos todo el día. Sé cuántos condones quedaban en el cajón.
A Marcos se le subieron los colores.
-Déjame en paz.
Se puso la camiseta y se colocó bien los bóxers. Después, se abrochó el pantalón.
-¿Dónde vas?
-A por una coca cola.
Marcos fue a la cocina, seguido de Julia, que aún seguía con el ceño fruncido y en ropa interior.
-¿Me piensas dejar así?
-No tendrías que haber dicho eso de Miriam?
-¿Por qué la defiendes? Te recuerdo que se tiro a tu amigo al día de que te fueses. Ah, y, ¿a que no sabes qué? Acaba de ir a casa de Daniel. La vi ir. Y no hace falta mucha imaginación para saber qué pueden estar haciendo.
Marcos frunció el ceño. Sacó el móvil para mirar la hora, pero antes de que le diese tiempo a verla, Julia se tiró a sus brazos.
-Lo siento, amor. No debí insultarla. O bueno, describirla.- Rio.- Perdón.
-Ya.
-Va, perdóname.
Julia se desabrochó el sujetador y empezó a desabrocharle a él los pantalones. Marcos estaba a punto de dejarse llevar de nuevo cuando vio la hora en el reloj de la pared.
-Mierda.
Se separó de Julia algo brusco. Volvió a abrocharse los pantalones con el ceño fruncido.
-¿Qué pasa ahora?
-Tengo que irme. Lo siento.
-No puedes irte.- A Julia se le dispararon los sentidos. Para una cosa que le pedía Axel.
-Tengo que hacerlo. Miriam…
-¿Es que no puedes pensar en otra cosa? No lo entiendo. Déjala que se marche. Probablemente ya sea demasiado tarde. La ceremonia empezaba a las 11.
-Tú lo sabías.- Abrió los ojos de par en par.
Asintió.
-Vamos, no lo pienses. Eso da igual ahora. Tú solo déjate llevar.
Intentó volver a introducir su mano dentro de los pantalones, pero Marcos se apartó antes de que le diese tiempo.
-Déjame en paz.
Julia intentó detenerle, pero cuando él salió por la puerta tuvo que detenerse. No podía salir así a la calle.
-¡Mierda!
Julia corrió al salón y se puso la camiseta rápido. Después se puso el short y las vans como pudo y salió corriendo, sin ponerse nada más.
·   ·   ·
-Creí que había llegado tarde.
-Ya ves que no. Entonces, ¿estás dispuesta a hacer el trato?
-Antes tengo que verle.
-Lo imaginaba.- Sonrió. Tenía una sonrisa de lo más irritante.- Pero nada de trucos.
-Claro.
Le seguí hasta el otro lado de la terraza. Estaba detrás de una pared, encadenado a ella y tirado en el suelo de mala manera. Tenía los ojos cerrados, y estaba muy pálido. Parecía un fantasma.
-Está fatal.- Estaba conmocionada. Lo dije con un hilo de voz. Los ojos se me cristalizaron.
-Eso parece. Y el hecho de que se mejore o no depende solo y exclusivamente de ti.
Volvió a sonreír.
-¿Por qué haces esto?- No le miré. Tenía los ojos anegados de lágrimas.

-Aparte de por placer, porque he de decir que me parece muy divertida esta situación,- le miré con repugnancia.- Es porque no me queda otra opción. Tú vas a dar tu vida por Jake. Yo voy a entregarle la tuya al resto de los ángeles para salvar a mi sobrino. Es la única familia que tengo.
-Tiene que haber otra manera de solucionar las cosas.
-Mira bonita, esta es la única forma que hay de solucionarlo. Y si no te gusta, me temo que te vas a tener que fastidiar. La decisión está tomada.
-Está bien.- Me sequé las lágrimas.- ¿Qué tengo que hacer?
·   ·   ·
Mientras tanto, Marcos ya había llegado a la plazoleta. Miró hacia atrás. No veía a Julia, aunque estaba seguro de que le había seguido.
Cruzó la plazoleta rápidamente. Había alguien en la puerta de la casa.
-Tú.
Daniel se giró. Tenía los ojos enrojecidos.
-¿Qué haces aquí?
-Intentar salvar a Miriam.
-No va a querer que la ayudes. No vas a poder ayudarla.
-Claro. Es mucho mejor plan quedarse aquí parado mirando las estrellas.
-Yo ya he hecho lo que he podido.
-Ya. Pues es que resulta que a mí, a diferencia tuya, sí que me importa. Y quiero que siga viva, no como otros.
-Yo no quiero que muera.
-Cualquiera lo diría. La has llevado directa al suicidio.
-No la he traído yo. Intenté impedírselo. Pero no me escuchó. La dejé encerrada en mi casa, pero consiguió salir. No sé cómo lo hizo…
-Por si se te había olvidado es una Samyaza.
-Mierda.
-Ya.
-De todas formas. Eso da igual ya.
Daniel volvió a darle la espalda. Lo que menos le apetecía era que Marcos le viese llorar. Pero no podía evitarlo. La quería demasiado.
-No, no da igual. Todavía puedo salvarla. Así que, si me permites…
-No. No te lo permito.
-¿Perdón?
-Van a matar a más gente. Esto no acabará hasta que tu tío se salga con la suya. Lo mejor es que Jake se salve y Miriam le entregue su voluntad a Axel. Así sufrirá menos gente.

-No lo entiendes. Tanto tú como Jake moriréis si pasa eso. Sois mortales. Simples mortales. Cuando Miriam le entregue su voluntad a Axel, tendrán lo que quieren, y los ángeles os matarán ellos mismos. Y la muerte de Miriam no habrá servido para nada.

2 comentarios:

  1. MIER.DA, nono algo tiene que pasar no puede morir y Marcos con Daniel tienen que impedirlo, ay por favor síguela cuando puedas, esta novela es hermosa y la amooo! Axel no puede salir ganando -.- besos te quierooo

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    1. aver aver que pasa jiji 😉enserio me alegro de que te guste amoor un besito ^_~

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