lunes, 6 de enero de 2014

Capítulo XXX

No sé por qué, pero tenía la sensación de que sí. Eran pasos lentos y suaves. La respiración era pausada a pesar de la nota. Era mi abuela.
Tendría que haberme escondido en el desván. Mi habitación sería el primer sitio en el que buscaría.
Nerviosa a más no poder, me metí en el armario. Sin embargo, apenas aguanté dos segundos ahí metida. No era una buena idea.
Pasé la mirada por toda la habitación. Cuando pasó por el balcón, no pude evitar acordarme de Marcos. De cuando se colaba por ahí para despertarme con sus “Buenos días, princesa”. Emití una sonrisa, pero se desvaneció cuando recordé que eso no iba a volver a pasar. Y pensé que habría sido mejor poner en la carta directamente un adiós. Sabía que no iba a volver. Por mucho que intentase convencerme de lo contrario. Era o Jake o yo. Y él se lo merecía más.
Oí los pasos de mi abuela abriendo la puerta del baño. Por un momento creí que estaba salvada, pero dos segundos después la oí salir y dirigir sus pasos hacia aquí.
Entonces mi mirada volvió al balcón, y di con la solución. Podía salir por ahí, como hice aquella vez con Marcos. Suspiré aliviada, y en menos de diez segundos, ya estaba afuera poniendo el primer pie en el muro para comenzar el descenso.
Justo en ese momento, la puerta de mi cuarto se abrió.
-¿Miriam?- Efectivamente, era mi abuela
Entre lo nerviosa que estaba y todo, al oír su voz, me resbalé. Me quedé colgando con las manos, y finalmente, conseguí poner los pies entre dos rocas.
Respiré hondo e intenté no pensar en el hecho de que, si esta vez caía, nadie me salvaría, como lo hizo Marcos aquella vez. En vez de eso, me concentré en dónde tenía que poner los pies.
Llegué al suelo sin imprevistos, casi sin darme cuenta.
En cuanto pise el suelo eché a correr hacia la esquina más próxima y me escondí mientras recuperaba el aliento. Había faltado poco esta vez.
Después me quedé así, sin saber qué hacer. Debería de haber aprovechado la ocasión para coger algo de ropa o algo así. Ni siquiera recordaba qué había hecho con la mía, así que de momento solo tenía el conjunto que me dejó Sara.
Dentro de mí sabía perfectamente qué tenía que hacer. Tenía que tomar una decisión respecto al tema de Jake. Pero no podía. Tenía la cabeza a punto de explotar. En vez de eso, decidí ir a correr al bosque.
Cuando dejé atrás el pueblo y me adentré en el bosque, cerré los ojos para despejar la cabeza. Cuando los abrí empecé a correr. Primero empecé despacio, haciendo footing, pero luego fui acelerando. Apenas podía respirar, me había entrado el flato, pero no dejé de correr. Corrí tanto que las piernas empezaron a dolerme. Debí de acabar dando círculos, o algo así, porque a pesar de lo que corrí, no alcancé el linde del bosque. Mi frente estaba perlada de sudor. Empecé a tener calor, así que me quité la chaqueta y me quedé con una camiseta de tirantes. Tenía que parar. No podía más. Pero no paré. No paré hasta que no llegué a un claro del bosque especial. Un claro del bosque en el que alguien había colocado una mesa enorme con un mantel, platos, vasos, y otros cubierto, un montón de globos en todos los árboles, plantas, y piedras, y un mural enorme. Alguien rubio de ojos azules como el mar. Pero la mayoría de los cubiertos estaban tirados por el suelo, el mantel estaba sucio y roto, y el mural estaba en un estado que apenas permitía leer una frase que decía “Feliz cumpleaños, Miriam. Te queremos”. Noté que una lágrima caía por mi mejilla. Casi no podía respirar.
En un ataque de ira que me entró, intenté acabar de destruir lo que Marcos había hecho para después estropear. Tiré todos los cubiertos que quedaban. También tiré el mantel, y lo rompí en tantos pedazos como pude. Como no llegaba al cartel, cogí piedras y empecé a tirárselas. “Te queremos”, decía. Y una mierda.
Le seguí tirando piedras. Una por cada mal rato que me habían hecho pasar Marcos y su tío. Ni siquiera apuntaba. Tenía los ojos anegados por las lágrimas, así que apenas un par de piedras alcanzaron el cartel. Estaba muy alto.
-¡Miriam!- Los brazos fuertes de Daniel me sujetaron por la espalda. Intenté escabullirme. Pegué patadas y puñetazos al aire. Daniel me dio la vuelta y yo finalmente me rendí entre sollozos.
-Le odio.- Sollocé.- Y también le quiero.
-Lo sé. No pasa nada, Miri. No pasa nada. Tranquilízate, ¿sí?- Me acarició el pelo suavemente mientras hablaba.
Nos sentamos en el suelo. Daniel quedó con la espalda apoyada en un tronco y yo me apoyé en su hombro, sin dejar de llorar. No sé cuánto tiempo estuvimos así.
Cuando por fin conseguí tranquilizarme, me incorporé.
-Lo siento.
-No pasa nada.
Estuvimos un momento en silencio. No sabía qué decir. Finalmente pregunté:
-¿Y Sara?
-Se fue a casa. Dijo que ya había estado mucho tiempo fuera. Y me mandó buscarte.
-Ya. Lo siento mucho, de verdad, Daniel. No sé por qué he hecho eso. De verdad, yo…- No sabía qué decir ni cómo explicarle lo que había sentido en ese momento.- Lo siento. No sé…
-No pasa nada, Miri. Olvídalo, ¿vale? Yo haré lo mismo.
Asentí. Le quería un montón. Pero solo como amigo.
Estuvimos mucho tiempo callados, sentados en el suelo. Yo tenía la cabeza apoyada en su hombro. Luego pensé que tal vez debía irme a casa. Osea, al lago, quiero decir.
-Debería irme.
-¿A dónde?
-No sé explicarte. Está lejos.
-¿Cómo pretendes ir? ¿Y si Axel te encuentra?
Mierda. La bici. La había dejado por ahí tirada. Seguro que ya la había encontrado alguien y se la había llevado. ¿Y ahora cómo iba a volver?
-¿Tienes una bici? O mejor, ¿una moto?
-Tengo un coche. ¿Te vale?
-Te amo.
Sonreí, pero él no me correspondió. Tal vez después de todo lo que había pasado entre nosotros no era lo más adecuado decir eso.
Pero enseguida recuperó la sonrisa y me estuvo contando las últimas movidas que habían pasado en el pueblo.
El coche de Daniel era un Peugeot viejísimo y enano, pero de estos que eran descapotables. Era de color azul desgastado. Monté en el asiento del copiloto. Me encantó su olor. Era muy agradable, a pesar de la capa de polvo que cubría todo menos lo que usaba Daniel para conducir.
-Guíame.
Le fui indicando por dónde tenía que ir. Cuando llegamos al camino, bajamos los dos del coche y me acompañó hasta el claro del lago.
-Joder. Es increíble.- Dijo con los ojos como platos.
-Sí.

Estaba de acuerdo con él. Era precioso. A pesar de que ya había venido un montón de veces, la vista de tal paisaje seguía impresionándome. El prado lleno de flores olí fenomenal. Todo estaba rodeado de árboles altos y frondosos, y algunos arbustos con frutos rojos y brillantes. Luego había una pared de piedra en uno de los lados del lago por el que caía una pequeña cascada. Supuse que en primavera sería aún más impresionante. Por la pared se desarrollaban un montón de especies vegetales. Había unas enredaderas con brillantes y coloridas flores. El sol aún brillaba en el cielo y no se veía ni una sola nube. En un lado del lago había algunos nenúfares.
-¿Cómo descubriste este sitio?
-Una vez Marcos me trajo de picnic aquí.
-Ah.
-¿Vas a quedarte?
-No, tengo que volver a casa pronto. Se deben de estar preocupando. ¿Te vengo a buscar mañana por la mañana?
-Está bien.
-¿No pasas frío aquí por las noches?
-Casi nada. Esto está muy resguardado, ¿sabes?
-De todas formas te voy a dejar una manta que tengo en el coche. Y unas chocolatinas.
-No hace falta.- Dije, aunque mi estómago no opinaba lo mismo.
-No seas tonta.
Fue al coche y volvió en un momento, antes de que pudiese rechistar.
-Ya he visto que crecen algunos frutos en los árboles y que hay algunos fresales, pero estoy seguro de que unas chocolatinas no irán mal. Mañana ya te daremos algo más consistente, lo prometo.
-No es necesario.
-Adiós. Que pases un buen día.
Le vi marcharse por donde había venido. Hasta que no le perdí de vista del todo, no me puse en marcha. Una vez que se fue, empecé a investigar los árboles a ver si era verdad que había frutos comestibles. Cogí unas naranjas y unas manzanas y los puse detrás de una roca de la pared del lago. Luego fui recolectando las fresas de los fresales. Cuando acabé, me quedé en ropa interior y me metí en el lago. El agua estaba buenísima. Estuve allí metida probablemente más de una hora. Buceé hasta tocar el fondo. No era demasiado profundo. En la zona más honda había cuatro metros de profundidad. Cuando salí a la superficie tenía los pulmones a punto de reventar.
Cuando salí del agua extendí la manta que me había dado Daniel en la hierba y me tumbé. Me quedé tenida al sol para secarme y acabé quedándome dormida. Cuando me desperté ya estaba seca, así que me vestí y puse la manta sobre la piedra para que se secase. La había calado con el pelo mojado. Cuando acabé, saqué del escondite una manzana y la devoré en un momento. Me moría de hambre. Luego me comí también un montón de fresas. De postre, me tomé una chocolatina. Estaba buenísima. La necesitaba, a pesar de lo que le había dicho a Daniel.
Me volví a tumbar en la hierba. Como la manta aún no se había secado del todo, no puse nada debajo. Me eché una siesta. No sé cuánto tiempo estuve así tumbada, pero cuando me desperté ya era casi noche cerrada. Como cuando me desperté estaba limpia, llena y descansada, no se me ocurrió otra cosa que hacer que ir a correr. Recorrí el camino y estuve corriendo mucho camino al lado de la carretera. No pasó nadie con el coche. Cuando di media vuelta, ya debía ser media noche.

Cuando llegué al claro del lago, cogí la manta ya seca y me envolví con ella y me tumbé a dormir.
Cuando me desperté ya hacía rato que había amanecido. Debían ser las 8 o por ahí, teniendo en cuenta la altura del sol.
Desayuné una pera, fresas y media chocolatina. Mi estómago no quedó muy satisfecho, pero suspiré pensando que la comida sería más generosa.
Después de desayunar, me senté a esperar a Daniel. Aguanté bastante tiempo, pero finalmente, a la vista de que no llegaba, me desnudé y me metí en el lago. Estaba más fría que el día anterior. Seguramente era por lo temprano que era.
Estaba ya terminando el baño cuando oí una rama partirse.
Asustada, me giré hacia el lugar donde lo había oído. Me quedé a la escucha, y finalmente, a la vista de que no pasaba nada más, salí del agua. Me escurrí el pelo y me tumbé en la manta a secarme, igual que el día anterior. Cuando estuve seca me vestí y puse la manta a secar. Unos diez minutos después apareció Daniel. No le oí llegar.
-Buenos días, Miriam.
Había dicho “Buenos días, Miriam”. No “Buenos días, princesa”. Sentí melancolía al recordar los días en los que Marcos me levantaba así por las mañanas. Sacudí la cabeza intentando alejar esos pensamientos.
-Buenos días.
-¿Cómo has dormido?
-Muy bien, ¿tú?
-También. ¿Vamos?
-Vale.
Andamos hacia el coche despacio. Daniel iba tarareando la canción de “talk dirty”. Cuando llegamos pasamos al coche y él puso la radio. Fue cantando todo el camino.
-He quedado con Sara en media hora en la plaza. Mientras, si quieres te invito a algo rico de desayunar.
-He desayunado fruta y media chocolatina.
-Ah. Entonces, ¿no quieres una tostada y un café?
-Bueno, vale.
Sonrió y fuimos a uno de los bares del pueblo, el que está al lado del ayuntamiento.
Me tomé un zumo, un café y una tostada. Me di cuenta de que estaba muerta de hambre. La fruta y la chocolatina no es que me hubiesen llenado mucho precisamente.
Cuando salimos, Sara estaba en la plaza. Nos dijo que se iba a ir de vacaciones a Alicante con sus padres.
-Ya sé que no es el mejor momento, pero mi padre tiene un montón de ganas, y le ha contagiado el entusiasmo a todos. A mí me lo han dicho hoy como una sorpresa. Esperaba que me hiciese mucha ilusión. Al ver que no era así, se ha decepcionado. No puedo decirle que no voy.
-No pasa nada, amor. Pásalo bien, ¿me lo prometes? Que ya que nos dejas solos por lo menos que sea por algo que valga la pena.


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